Como no veo la tele generalista, casi nunca me entero de cuando se estrena un programa nuevo, una serie o, como anoche la polémica tv-movie en torno a la vida de la Pantoja. Y sin embargo, anoche, un compañero me contaba sus dudas entre este biopic de Telecinco o el exitoso reality ese de Quién quiere casarse con mi hijo, así que me la ví enterita con un estupendo cuenco de fresones de Palos, que ya es temporada. Y desde luego, la conclusión a la que llego es que si en este país no se hace mejor cine es porque nos empeñamos en ficcionar personajes cuando los villanos más tremendos ¡los tenemos en la vida real! Por supuesto hablo de Encarna Sánchez, menuda señora, tamaña mala leche de bollera furiosa, vestida de Chanel y con permanente gesto de asco.
Pues sí, hay que mirarnos más al ombligo. Hace meses que me relamo con el proyecto de filme sobre la vida de Paco Paesa que, según se dice, prepara Enrique Urbizu, muy reforzado tras su éxito en los Goya. ¿Tendrá el famoso espía el rostro de José Coronado? La cosa promete.
El viernes, por cierto, me acerqué a los Proyecciones a ver Luces rojas, tercera peli del gallego-salmantino Rodrigo Cortés después de Concursante, que me entusiasmó en su momento, y Buried, a la que reconozco el mérito pero es que no puedo con el ciclado Ryan Reynolds. En cierto modo, esta historia de ocultismo, videncia y pseudo ciencia en clave Christopher Nolan funciona muy bien, se apoya comercialmente en dos estrellazas como Robert de Niro y Sigourney Weaver y dos de los rostros más interesantes del cine actual, Cillian Murphy y Elizabeth Olsen. Algunos críticos la han inflado a hostias, pero yo me alineo con los que se enorgullecen de que directores españoles como Cortés, Fresnadillo o Collet-Serra sean capaces de hacer cine de género con gusto y a la vez competir con los americanos en su propio terreno.
También me acerqué a la fiestas que Silvia y Edu Fabuloso montan desde hace tres semanas en la sala Stella, y que por lo que he visto nos van a hacer salir más viernes de los que desearíamos. Rock n'roll, surf, chicas guapas, moderneo en un entorno mítico de la Movida... Más que ¡Por fin es viernes!, la cosa es más ¡Aunque sea viernes!
Tuesday, March 06, 2012
Thursday, March 01, 2012
lo victoriano y lo Público
Hay un viejo en la calle principal del mercadillo de Brick Lane que vende puertas victorianas. Ocupa una especie de garaje lleno de trastos y se supone que vive en una destartalada autocaravana que reposa en un lado del local, quizá lo único que no está a la venta por allí. No sólo vende puertas, sino bicicletas del año de la polka, vetustas mesas y sillas y hasta alguna nevera de Red Bull con puerta trasparente rescatada de algún embargo. Siempre he pensado que pasando el tiempo suficiente encontrarás alguna joya decorativa por unas cuantas libras, pero mis acompañantes nunca han accedido a parar más de diez minutos en el reino del viejo barbudo y sus puertas que, quizá sin saberlo, es un genio del marketing. El tipo vende puertas viejas, carcomidas y apolilladas, pero las puertas viejas no venden, y las puertas victorianas sí. Cuestión de léxico. El turista accidental pasa por allí y se ilusiona con encontrar la puerta original de Jack el Destripador por veinte libras, y probablemente se acabe llevando cualquier porquería por la que Ryanair le cruje como exceso de equipaje.
Lo mismo pasa con las pelis de terror. Los ingleses llevan años transformando las pelis de género de toda la vida en terror victoriano, con un poco de campiña inglesa, grandes mansiones abandonadas, trajes negros y fantasmas de señoras vengativas. Un poco de Henry James por aquí, un par de sustos del estilo Al final de la escalera por allá, y a vender coca colas y palomitas como locos. Inteligencia y autoconsciencia. De eso va La mujer de negro, que es la que vi ayer en los Acteón, que es donde hay que ver las pelis de terror que ya no programan en ningún sitio. Cinta de terror victoriano con el teórico atractivo de los ojos azules de Daniel Radcliffe, y que se deja ver, sin más. En los últimos días también he visto Shame, de ese director negro llamado Steve McQueen, pero de esta se ha hablado tanto y tan bien que no tengo gran cosa que aportar, salvo que Carey Mulligan cuando está con cinco o seis kilos encima se parece bastante a mi ex, y eso es una noticia espantosa. Una buena razón para no ver Mi semana con Marilyn, porque si no recuerdo mal, Michelle Williams cuando está de buen año también se parece a mi ex. Mundo cruel.
Sí tenía pensado hablar del cierre de Público. Me enteré precisamente el día que subía Raimundo Fernández Villaverde para ver Shame en los Renoir. Paré en el kiosco de la calle Treviño, al lado del precioso Hospital de Maudes, y compré el último ejemplar, ya que también poseo el primero. Hace cuatro o cinco veranos, recién llegado de Sangenjo recibí la llamada de un antiguo jefe para proponerme que me incorporara a ese nuevo periódico, así que cogí la línea 1 un par de estaciones hasta la redacción de la calle Caleruega, muy cerca de la casa de mi tía. En la puerta me encontré con un par de conocidos, una de las mejores firmas de un diario deportivo, que acababa de fichar, y un ex redactor jefe de la revista Siete, cerrada meses antes y que en su día también me habían hecho una oferta para incorporarme. La redacción estaba desierta, casi sin ordenadores. Enseguida comprendimos que los márgenes salariales que manejaban para los redactores no iban a ser suficientes para que dejara la tele, acordamos una serie de colabraciones en el tema golfístico y pedí a mi antiguo jefe que me presentara a Patricia Fernández de Lis, que siempre me ha encantado y lucía ya como jefa de la sección científica. Después nos fuimos de cañas, por supuesto.
Aparte de unas cuantas colaboraciones puntuales, lo cierto es que seguí muy de cerca la trayectoria de Público, y por supuesto que lamento profundamente su cierre. Primero, porque como tuiteó Rubalcaba, siempre es una mala noticia el cierre de un diario. Segundo, porque aún tenía colegas por allí. Tercero, porque ocupaba un espacio relativamente inexplorado a la izquierda, y prestaba atención a aspectos de la realidad que los grandes diarios apenas rozan. Léase información científica, cómic, ensayo, cine independiente... Hasta la sección de Deportes en los primeros tiempos ofrecía una visión distinta al resto y solía estar realmente bien escrita.
Hace unas semanas, en ese pequeño restaurante de la calle Amaniel de nombre BoBo, comentaba con mi amigo Paquito una oportunidad que manejo de participar en la fundación de un medio nuevo y muy innovador, como inversor y como colaborador. "Creo que es tipo de medio que podría llegar a estudiarse en las facultades de Periodismo dentro de veinte o treinta años", le decía. "Sí, como el Claro" (aquel diario sensacionalista que lanzaron los alemanes a finales de los 80 con ruinosos resultados), responde él, Estrella Galicia en mano. Puede que Público se estudie dentro de unos años en la asignatura de Gestión de Empresa Informativa en el mismo tema que sonoros fracasos como Claro, El Sol, El Independiente y La Información de Madrid, pero si algún estudiante avezado se acerca a la hemeroteca de Conde Duque a hojear algunos números llenos de polvo, se sorprenderá de lo que un grupo de soñadores se atrevieron a hacer en lo más profundo de la crisis.
Lo mismo pasa con las pelis de terror. Los ingleses llevan años transformando las pelis de género de toda la vida en terror victoriano, con un poco de campiña inglesa, grandes mansiones abandonadas, trajes negros y fantasmas de señoras vengativas. Un poco de Henry James por aquí, un par de sustos del estilo Al final de la escalera por allá, y a vender coca colas y palomitas como locos. Inteligencia y autoconsciencia. De eso va La mujer de negro, que es la que vi ayer en los Acteón, que es donde hay que ver las pelis de terror que ya no programan en ningún sitio. Cinta de terror victoriano con el teórico atractivo de los ojos azules de Daniel Radcliffe, y que se deja ver, sin más. En los últimos días también he visto Shame, de ese director negro llamado Steve McQueen, pero de esta se ha hablado tanto y tan bien que no tengo gran cosa que aportar, salvo que Carey Mulligan cuando está con cinco o seis kilos encima se parece bastante a mi ex, y eso es una noticia espantosa. Una buena razón para no ver Mi semana con Marilyn, porque si no recuerdo mal, Michelle Williams cuando está de buen año también se parece a mi ex. Mundo cruel.
Sí tenía pensado hablar del cierre de Público. Me enteré precisamente el día que subía Raimundo Fernández Villaverde para ver Shame en los Renoir. Paré en el kiosco de la calle Treviño, al lado del precioso Hospital de Maudes, y compré el último ejemplar, ya que también poseo el primero. Hace cuatro o cinco veranos, recién llegado de Sangenjo recibí la llamada de un antiguo jefe para proponerme que me incorporara a ese nuevo periódico, así que cogí la línea 1 un par de estaciones hasta la redacción de la calle Caleruega, muy cerca de la casa de mi tía. En la puerta me encontré con un par de conocidos, una de las mejores firmas de un diario deportivo, que acababa de fichar, y un ex redactor jefe de la revista Siete, cerrada meses antes y que en su día también me habían hecho una oferta para incorporarme. La redacción estaba desierta, casi sin ordenadores. Enseguida comprendimos que los márgenes salariales que manejaban para los redactores no iban a ser suficientes para que dejara la tele, acordamos una serie de colabraciones en el tema golfístico y pedí a mi antiguo jefe que me presentara a Patricia Fernández de Lis, que siempre me ha encantado y lucía ya como jefa de la sección científica. Después nos fuimos de cañas, por supuesto.
Aparte de unas cuantas colaboraciones puntuales, lo cierto es que seguí muy de cerca la trayectoria de Público, y por supuesto que lamento profundamente su cierre. Primero, porque como tuiteó Rubalcaba, siempre es una mala noticia el cierre de un diario. Segundo, porque aún tenía colegas por allí. Tercero, porque ocupaba un espacio relativamente inexplorado a la izquierda, y prestaba atención a aspectos de la realidad que los grandes diarios apenas rozan. Léase información científica, cómic, ensayo, cine independiente... Hasta la sección de Deportes en los primeros tiempos ofrecía una visión distinta al resto y solía estar realmente bien escrita.
Hace unas semanas, en ese pequeño restaurante de la calle Amaniel de nombre BoBo, comentaba con mi amigo Paquito una oportunidad que manejo de participar en la fundación de un medio nuevo y muy innovador, como inversor y como colaborador. "Creo que es tipo de medio que podría llegar a estudiarse en las facultades de Periodismo dentro de veinte o treinta años", le decía. "Sí, como el Claro" (aquel diario sensacionalista que lanzaron los alemanes a finales de los 80 con ruinosos resultados), responde él, Estrella Galicia en mano. Puede que Público se estudie dentro de unos años en la asignatura de Gestión de Empresa Informativa en el mismo tema que sonoros fracasos como Claro, El Sol, El Independiente y La Información de Madrid, pero si algún estudiante avezado se acerca a la hemeroteca de Conde Duque a hojear algunos números llenos de polvo, se sorprenderá de lo que un grupo de soñadores se atrevieron a hacer en lo más profundo de la crisis.
Wednesday, February 22, 2012
impresiones ginebrinas
Si una ciudad se puede recorrer tranquilamente caminando en menos de una hora, está perfecta departamentada (aquí el barrio rojo, allí la zona de las tiendas de lujo, acolá la parte antigua, en aquella esquina el barrio universitario...). Si una ciudad está limpia, civilizada y con gente impecablemente vestida por la calle. Si los dependientes, camareros y demás hablan idiomas y hacen por entenderte y hablan varios idiomas. Si una ciudad tiene todo eso, me gusta seguro. La Coruña, Palma, Pamplona, Oviedo... Todas ellas cumplen con ese perfil. Si además la ciudad rodea el espectacular y espectacularmente limpio lago Leman, y en cada esquina se puede respirar civilización, orden, espíritu genuinamente calvinista, entonces estamos en Ginebra, que como no podía ser de otro modo, me ha entusiasmado después de una visita de tres días para ver a mi hermano, que realiza allí en los últimos meses un stage en Naciones Unidas.
- Travellin': Por esas cosas extrañas que ocurren a veces con las compañías aéreas, es más barato un billete a Ginebra que a Almería, a Gijón o a Alicante. Desde Madrid operan tres compañías, Iberia, Swiss e Easyjet, con varias frecuencias al día, y con un par de semanas de antelación no es difícil conseguir billetes con cualquiera de ellos por menos de 80 euros i/v. Por supuesto, y en mi carrera enloquecida por la tarjeta Oro, escogí Iberia. Y como casi siempre, impecable. (Señores de Iberia Plus, me quedan como 7 vuelos, ¡Tarjeta Oro ya!)
- Movin': Primera sorpresa agradable. En la zona de llegadas y recogida de equipajes, hay una máquina que expande gratuitamente el billete para llegar a la estación de Cornavin, en el corazón de la ciudad, y que da derecho a moverte en transporte público durante 80 minutos. De sobra, en menos de diez estás contemplando el Mont Blanc desde el puente. Segunda sorpresa: en los hoteles tienes derecho a pedir una tarjeta para usar gratuitamente el transporte público los días que estés en la ciudad y, más interesante aún, para volver al aeropuerto al regreso. Un buen detalle, aunque como decía al principio, se llega a casi todas partes andando. Eso sí, el autobús número 5 es la versión ginebrina del 27 madrileño, recorre la calle del Ródano, la de las mejores tiendas, pasa por la sede de la ONU, por el famoso centro de convenciones y termina en el aeropuerto en menos de media hora, así que es el último que realmente puedes llegar a usar.
- Visitin': La Catedral, gótica y austera, con la curiosidad de ver la silla de Calvino, que viene a evidenciar que Calvino debía usar una talla 34, más o menos como Karl Lagerfeld. La sede de Naciones Unidas, por supuesto, y sobre todo pasear en torno al lago Leman, con el Jet d'Eau, el reloj de flores sufragado por los multimillonarios fabricantes de relojes suizos... Pero eso es sólo turismo...
- Eatin': Comenzamos con las sorpresas desagradables, o mejor dicho, no tan sorpresas. Ginebra es la cuarta ciudad más cara del mundo. Por 1 euro te dan 1,20 francos, sí, pero es que un café en casi cualquier sitio vale 3 o 4 francos, en el Starbucks, casi 5. La considerada como mejor fondue del planeta, la del coqueto Cafe du Soleil, unos 30 por persona que se pagan muy muy gustosos porque es uno de esos platos que sabes que recordarás muchos años. Por suerte, o porque la crisis llega hasta a la orilla del Leman, en los mejores bistrots de la ciudad ofrecen plate du jour (plato de día con ensalada y otra guarnición) por unos 20 francos, sin bebida, y de una calidad excelente, así que tampoco hay que desesperar. Una buena opción, que practicamos de cara a ver en el hotel un partido de Champions, es acercarse al mercado cercano al puente de Mont Blanc y comprar varios tipos de quesos, siempre extraordinarios, pan tipo brioche y alguna otra cosilla gourmet, por lo que cenas bien y ligero por unos 10 o 15 francos por cabeza. Aviso a viajeros: los ginebrinos comen entre 12,30 y 13,00 y cenan antes de las 20.00, así que en nuestros horarios españoles es posible que ni se dignen a atendernos.
- Shoppin': El auténtico festival. En la impecable calle del Ródano debería haber un premio al que encuentre cualquier cosa expuesta en un escaparate que baje de cuatro dígitos. Un ejemplo: los mismos zapatos de cordones que compré hace un par de años en Church's en Jermyn Street por unos 230 euros ya bastante rebajados y que puedes encontrar en la tienda de Jorge Juan por unos 400, en Ginebra rondan los mil francos, así de fácil. Un par de prendas con las que me gustaría hacerme en próximas temporadas: un plumífero Moncler, en torno a 700 euros en la boutique de París, algo menos en algún oulet bien provisto en Madrid, pasa de los mil francos en el Ródano; un traje de baño Vilebrequin, unos 150 euros en esa tienda de Las Rozas Village, casi 500 francos en el aeropuerto de Ginebra. Llegado a este punto, ¿vale la pena comprar algo en Ginebra? Por supuesto que sí: relojes, aunque no me gustan ni entiendo, las boutiques de Rolex, Patek Phillipe, Hublot y demás estaban perfectamente surtidas y según la temporada tienen buenas ofertas, chocolates y quesos, obviamente, navajas y complementos de firmas suizas como Victorinox, y algunas cosillas de diseño de Kartell o Vitra, aunque puedes ser duramente penalizado por el exceso de equipajes.
En resumen, una visita muy recomendable, eso sí, siempre que conozcas a alguien por allí, lleves el bolsillo más o menos bien repleto y no te escandalices con facilidad. La siguiente escapada por placer, que por trabajo el sábado me voy a Santander, probablemente sea Tánger, que hace años que quiero conocer.
- Travellin': Por esas cosas extrañas que ocurren a veces con las compañías aéreas, es más barato un billete a Ginebra que a Almería, a Gijón o a Alicante. Desde Madrid operan tres compañías, Iberia, Swiss e Easyjet, con varias frecuencias al día, y con un par de semanas de antelación no es difícil conseguir billetes con cualquiera de ellos por menos de 80 euros i/v. Por supuesto, y en mi carrera enloquecida por la tarjeta Oro, escogí Iberia. Y como casi siempre, impecable. (Señores de Iberia Plus, me quedan como 7 vuelos, ¡Tarjeta Oro ya!)
- Movin': Primera sorpresa agradable. En la zona de llegadas y recogida de equipajes, hay una máquina que expande gratuitamente el billete para llegar a la estación de Cornavin, en el corazón de la ciudad, y que da derecho a moverte en transporte público durante 80 minutos. De sobra, en menos de diez estás contemplando el Mont Blanc desde el puente. Segunda sorpresa: en los hoteles tienes derecho a pedir una tarjeta para usar gratuitamente el transporte público los días que estés en la ciudad y, más interesante aún, para volver al aeropuerto al regreso. Un buen detalle, aunque como decía al principio, se llega a casi todas partes andando. Eso sí, el autobús número 5 es la versión ginebrina del 27 madrileño, recorre la calle del Ródano, la de las mejores tiendas, pasa por la sede de la ONU, por el famoso centro de convenciones y termina en el aeropuerto en menos de media hora, así que es el último que realmente puedes llegar a usar.
- Visitin': La Catedral, gótica y austera, con la curiosidad de ver la silla de Calvino, que viene a evidenciar que Calvino debía usar una talla 34, más o menos como Karl Lagerfeld. La sede de Naciones Unidas, por supuesto, y sobre todo pasear en torno al lago Leman, con el Jet d'Eau, el reloj de flores sufragado por los multimillonarios fabricantes de relojes suizos... Pero eso es sólo turismo...
- Eatin': Comenzamos con las sorpresas desagradables, o mejor dicho, no tan sorpresas. Ginebra es la cuarta ciudad más cara del mundo. Por 1 euro te dan 1,20 francos, sí, pero es que un café en casi cualquier sitio vale 3 o 4 francos, en el Starbucks, casi 5. La considerada como mejor fondue del planeta, la del coqueto Cafe du Soleil, unos 30 por persona que se pagan muy muy gustosos porque es uno de esos platos que sabes que recordarás muchos años. Por suerte, o porque la crisis llega hasta a la orilla del Leman, en los mejores bistrots de la ciudad ofrecen plate du jour (plato de día con ensalada y otra guarnición) por unos 20 francos, sin bebida, y de una calidad excelente, así que tampoco hay que desesperar. Una buena opción, que practicamos de cara a ver en el hotel un partido de Champions, es acercarse al mercado cercano al puente de Mont Blanc y comprar varios tipos de quesos, siempre extraordinarios, pan tipo brioche y alguna otra cosilla gourmet, por lo que cenas bien y ligero por unos 10 o 15 francos por cabeza. Aviso a viajeros: los ginebrinos comen entre 12,30 y 13,00 y cenan antes de las 20.00, así que en nuestros horarios españoles es posible que ni se dignen a atendernos.
- Shoppin': El auténtico festival. En la impecable calle del Ródano debería haber un premio al que encuentre cualquier cosa expuesta en un escaparate que baje de cuatro dígitos. Un ejemplo: los mismos zapatos de cordones que compré hace un par de años en Church's en Jermyn Street por unos 230 euros ya bastante rebajados y que puedes encontrar en la tienda de Jorge Juan por unos 400, en Ginebra rondan los mil francos, así de fácil. Un par de prendas con las que me gustaría hacerme en próximas temporadas: un plumífero Moncler, en torno a 700 euros en la boutique de París, algo menos en algún oulet bien provisto en Madrid, pasa de los mil francos en el Ródano; un traje de baño Vilebrequin, unos 150 euros en esa tienda de Las Rozas Village, casi 500 francos en el aeropuerto de Ginebra. Llegado a este punto, ¿vale la pena comprar algo en Ginebra? Por supuesto que sí: relojes, aunque no me gustan ni entiendo, las boutiques de Rolex, Patek Phillipe, Hublot y demás estaban perfectamente surtidas y según la temporada tienen buenas ofertas, chocolates y quesos, obviamente, navajas y complementos de firmas suizas como Victorinox, y algunas cosillas de diseño de Kartell o Vitra, aunque puedes ser duramente penalizado por el exceso de equipajes.
En resumen, una visita muy recomendable, eso sí, siempre que conozcas a alguien por allí, lleves el bolsillo más o menos bien repleto y no te escandalices con facilidad. La siguiente escapada por placer, que por trabajo el sábado me voy a Santander, probablemente sea Tánger, que hace años que quiero conocer.
Thursday, February 16, 2012
el misterio de las galletas de canela
Hay cosas que las marcas blancas nunca podrán igualar. Probablemente, por razones misteriosas, al menos para mí. Una de ellas son las añejas galletas Napolitanas de Cuétara, que tomo de cuando en cuando en mi casa, esas poquísimas veces que duermo la siesta en un día libre y no tengo cuarenta planes a los que no llego. Exactamente como hoy. Un par de horas de siesta, un humeante café con leche recién salido de la cápsula y unas cuantas napolitanas. Desde luego no es un producto gourmet, una caja grande no llega a los dos euros, pero resultan exquisitas porque siempre se mantienen crujientes, con esa canela mezclada con azúcar cristalizada en la superficie. Desde luego ignoro la fórmula secreta de la galleta napolitana perfecta, pero sí sé que en los últimos meses he tenido que comprar por cuestión de oportunidad la versión de Mercadona, primero, y de Gullón para Lidl después, y no se le acercan, ni en textura, ni en el decisivo toque de canela. Son más baratos, la caja se parece hasta la confusión, pero sucumben al primer tiento.
Con todo, podría estar un par de días destacando estupendos productos de diferentes marcas blancas: desde el colutorio piscotrópico Deliplus a la bebida energética light de Carrefour pasando por la ventresca de bonito Hacendado, el yogur cremoso en botes de medio litro perfecto para macerar los fresones en esta época del año, el muesli con frutos secos que suele tomar mi hermano, el zumo de naranja natural Selectia del Eroski o las mermeladas de arándanos de Sergi Arola para Lidl. No es ni mucho menos un ataque a las marcas blancas, sólo un aviso a navegantes consumidores de crujientes galletas de canela. Lo que se dice información de usuario.
Todo esto la misma semana que se reinaugura un espacio tan singular como la mítica sala-bolera Stella, lo que se ha denominado Mondo en los últimos tiempos pero allá en los 80 era propiedad de Alaska y punto de encuentro de modernos a primera hora, para tomar copas, jugar a los bolos y esperar a que la noche hiciera el resto. Este viernes, y probablemente muchos viernes a partir de ahora, mi paisana la estupenda Silvia Superstar y su gente de El Fabuloso promueve una serie de fiestas de medianoche a las 6 de la madrugada con muy buena pinta. Sin ir más lejos, la primera de ellas estará animada por Mario Vaquerizo a los platos. No andaremos lejos.
Con todo, podría estar un par de días destacando estupendos productos de diferentes marcas blancas: desde el colutorio piscotrópico Deliplus a la bebida energética light de Carrefour pasando por la ventresca de bonito Hacendado, el yogur cremoso en botes de medio litro perfecto para macerar los fresones en esta época del año, el muesli con frutos secos que suele tomar mi hermano, el zumo de naranja natural Selectia del Eroski o las mermeladas de arándanos de Sergi Arola para Lidl. No es ni mucho menos un ataque a las marcas blancas, sólo un aviso a navegantes consumidores de crujientes galletas de canela. Lo que se dice información de usuario.
Todo esto la misma semana que se reinaugura un espacio tan singular como la mítica sala-bolera Stella, lo que se ha denominado Mondo en los últimos tiempos pero allá en los 80 era propiedad de Alaska y punto de encuentro de modernos a primera hora, para tomar copas, jugar a los bolos y esperar a que la noche hiciera el resto. Este viernes, y probablemente muchos viernes a partir de ahora, mi paisana la estupenda Silvia Superstar y su gente de El Fabuloso promueve una serie de fiestas de medianoche a las 6 de la madrugada con muy buena pinta. Sin ir más lejos, la primera de ellas estará animada por Mario Vaquerizo a los platos. No andaremos lejos.
Tuesday, February 14, 2012
el underground y la Botella
El viernes pasado, un amigo mío caminaba por la calle Puebla en dirección a Chueca, para hacer una entrevista a un famoso fotógrafo para un informativo, y de repente me llamó. 11 de la mañana, estaba desayunando. "No te vas a creer lo que acabo de ver. ¡Un garito abierto con portero, a las 11 de la mañana, en pleno Centro de Madrid!", trago un poco de café y respondo: "¡Y en la era de Ana Botella!, ¿será cierto que la represión genera una escena nocturna más underground, más divertida?". Es pronto para decirlo, pero es raro el día en que no surge una de esas fiestas con nombre misterioso tipo Carne, Diamante, Zombie, Pony... abundan los conciertos y pinchadas los miércoles y jueves, de repente, todo apunta a un renacimiento de la escena after. ¿Nos encaminamos a unos felices años 10?
La misma semana que he pasado el frío del siglo en el Sadar el sábado por la noche, hasta seis o siete bajo cero viendo un partido de fútbol. Los dedos de los pies doloridos, la cara casi inmovilizada... y un Barça helado, pero eso es otra historia.
En cuanto a esta semana, la cosa pasa por una cena esta noche en el Mui con mi amigo Rubén, uno de esos extraños seres que se acogió voluntariamente a un ERE en su empresa para irse a vivir a la playa, en su caso a Alicante, y que es posible que alquile a mi hermano su pequeño estudio de TriBall, frente al mítico Ya'Sta, durante unos meses. Mañana, viaje a Valencia para un reportaje, el jueves noche, uno de esos after-ARCO a cargo de García-Alix en las columnas del Círculo, y el viernes, llega la Princesita. Cenitas, compras, visita a la recién nacida hija de mis amigos Paco&Marian... El lunes, rumbo a la heladora Ginebra.
La misma semana que he pasado el frío del siglo en el Sadar el sábado por la noche, hasta seis o siete bajo cero viendo un partido de fútbol. Los dedos de los pies doloridos, la cara casi inmovilizada... y un Barça helado, pero eso es otra historia.
En cuanto a esta semana, la cosa pasa por una cena esta noche en el Mui con mi amigo Rubén, uno de esos extraños seres que se acogió voluntariamente a un ERE en su empresa para irse a vivir a la playa, en su caso a Alicante, y que es posible que alquile a mi hermano su pequeño estudio de TriBall, frente al mítico Ya'Sta, durante unos meses. Mañana, viaje a Valencia para un reportaje, el jueves noche, uno de esos after-ARCO a cargo de García-Alix en las columnas del Círculo, y el viernes, llega la Princesita. Cenitas, compras, visita a la recién nacida hija de mis amigos Paco&Marian... El lunes, rumbo a la heladora Ginebra.
Wednesday, February 08, 2012
al gusto de Florecilla
En uno de los colegios mayores y residencias en los que pasé mis -largos, algo así como seis, entre unas cosas y otras- años de Universidad, había un encargo-marrón-actividad obligatoria rotatoria consistente en que un residente de acercaba al video club Bogart de la calle Andrés Mellado por la mañana y alquilaba una película que se emitía en la sala de cine por la tarde y por la noche. Una película al día, un residente al día. Al ser un encargo rotatorio, la cosa se convertía en peligrosísima cuando era mi colega Florecilla -no recuerdo el nombre real, aunque sé que era mallorquín- el que escogía. Pese a ser estudiante de Periodismo, el tío tenía un gusto cinematográfico peor que pésimo, con una acusada predilección por ese denostado género del "cine deportivo". De este modo, cuando era él el que escogía película todos sufríamos una sucesión de cintas del estilo Somos los mejores, Somos los más mejores, Somos los mucho más mejores, Hoosiers y otros artefactos Disney.
Han pasado como doce años desde entonces y me acordé de mi antiguo colega subiendo una helada Raimundo Fernández Villaverde hasta los Renoir Cuatro Caminos para ver Moneyball, o cómo Aquiles se convierte en director deportivo de un equipo de béisbol -un inciso, conozco a unos cuantos directores deportivos y ninguno se parece a Brad Pitt, y no, Manel Estiarte no es director deportivo, aunque sea un señor muy atractivo y bien vestido, que lo es. La historia de cómo un equipo de Auckland en el año 2002 cambiaba la política de fichajes de la liga para siempre, y un guión que había pasado por muchas, muchas manos, algunas de ellas peligrosas, hasta figurar firmado por Steven Zaillan, un hombre capaz de perpetrar obras maestras como En busca de Bobby Fisher o La lista de Schindler y engendros de la naturaleza como La intérprete o American gangster; y sobre todo Aaron Sorkin, bastante más fiable y con el crédito que le otorga durante unos cuantos años el libreto de La red social. Con todo y pese a todo, se termina pareciendo bastante más a esta última que a la saga deportiva de Somos los mejores, afortunadamente. De nuevo, la historia de cómo un heterodoxo, alguien que piensa diferente, es capaz de cambiar su entorno. Con moraleja, sí, pero sin fantasmadas, eso también.
Por lo demás, hace frío, mucho frío en la calle. El jueves repito almuerzo en el Casino con mis amigos Paco&Marian, que hay que seguir explorando la nueva carta del comedor de socios, algun gin tonic triballero esa misma noche y el sábado, rumbo a Pamplona a pasar frío pero de verdad.
Han pasado como doce años desde entonces y me acordé de mi antiguo colega subiendo una helada Raimundo Fernández Villaverde hasta los Renoir Cuatro Caminos para ver Moneyball, o cómo Aquiles se convierte en director deportivo de un equipo de béisbol -un inciso, conozco a unos cuantos directores deportivos y ninguno se parece a Brad Pitt, y no, Manel Estiarte no es director deportivo, aunque sea un señor muy atractivo y bien vestido, que lo es. La historia de cómo un equipo de Auckland en el año 2002 cambiaba la política de fichajes de la liga para siempre, y un guión que había pasado por muchas, muchas manos, algunas de ellas peligrosas, hasta figurar firmado por Steven Zaillan, un hombre capaz de perpetrar obras maestras como En busca de Bobby Fisher o La lista de Schindler y engendros de la naturaleza como La intérprete o American gangster; y sobre todo Aaron Sorkin, bastante más fiable y con el crédito que le otorga durante unos cuantos años el libreto de La red social. Con todo y pese a todo, se termina pareciendo bastante más a esta última que a la saga deportiva de Somos los mejores, afortunadamente. De nuevo, la historia de cómo un heterodoxo, alguien que piensa diferente, es capaz de cambiar su entorno. Con moraleja, sí, pero sin fantasmadas, eso también.
Por lo demás, hace frío, mucho frío en la calle. El jueves repito almuerzo en el Casino con mis amigos Paco&Marian, que hay que seguir explorando la nueva carta del comedor de socios, algun gin tonic triballero esa misma noche y el sábado, rumbo a Pamplona a pasar frío pero de verdad.
Monday, February 06, 2012
ciudades para cortarse las venas
Un par de días de trabajo en Madrid, un agradable almuerzo en el Casino con mis amigos Paco&Marian, una cena en Sacha coronado con uno de esos espectaculares gin tonics de Giró que prepara el maestro de ceremonias, más gin tonics en el Fabuloso, un paseo por la Chueca profunda para descubrir que los martes no son lo que eran, volar a Vigo, conocer al fin el coche nuevo de la Princesita, un par de días en mi casa de Sangenjo, una tarde de talasoterapia para combatir el frío, un paseo por el mercadillo, una comida familiar, madrugón para viajar a Asturias para el partido del domingo a las 12, la inigualable fabada y el mejor arroz con leche del jodido planeta en Casa Gerardo para recuperarnos de la lluvia, una tarde absurda en un aeropuerto absurdo en mitad de la nada leyendo los suplementos dominicales y regreso a Madrid... ¿Es posible que todo eso entre en la misma semana?
Como muchos otros, soy un rendido seguidor del focoforo, aunque nunca me he dado de alta y nunca he participado activamente en las discusiones. Hace poco descubría un hilo realmente descojonante titulado Ciudades para cortarse las venas, un auténtico museo de los horrores desde la Ciudad del Motor de Detroit hasta Torrelavega en Cantabria. Viajando cada semana por los campos de fútbol paso por sitios geniales y auténticos agujeros con la renta per capita de Burundi. En ocasiones pasas por lugares en los que no vivirías ni loco, y sin embargo conoces a personas que son felices allí y a veces te planteas si podrías dejar la locura madrileña y el retiro playero para establecerte en una capital de provincias con un único multicine. Lugo, Murcia, Orense, Badajoz, Soria... Aunque admiro el ingenio de los focoforeros, no creo que haya ciudades para cortarse las venas, sino vidas para cortarse las venas. Aquí y en todas partes.
Como muchos otros, soy un rendido seguidor del focoforo, aunque nunca me he dado de alta y nunca he participado activamente en las discusiones. Hace poco descubría un hilo realmente descojonante titulado Ciudades para cortarse las venas, un auténtico museo de los horrores desde la Ciudad del Motor de Detroit hasta Torrelavega en Cantabria. Viajando cada semana por los campos de fútbol paso por sitios geniales y auténticos agujeros con la renta per capita de Burundi. En ocasiones pasas por lugares en los que no vivirías ni loco, y sin embargo conoces a personas que son felices allí y a veces te planteas si podrías dejar la locura madrileña y el retiro playero para establecerte en una capital de provincias con un único multicine. Lugo, Murcia, Orense, Badajoz, Soria... Aunque admiro el ingenio de los focoforeros, no creo que haya ciudades para cortarse las venas, sino vidas para cortarse las venas. Aquí y en todas partes.
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